LA EDUCACIÓN DE NUESTROS HIJOS
EL VALOR DE LA TERAPIA FAMILIAR
por
Teresa Fernandez Morodo
Col. M-5804
Antonio Nieva Martínez
Col. M-25416.
Terapeutas familiares
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Una de las demandas cada vez más frecuente en la consulta es la de padres con hijos menores de seis años ante los cuales se sienten impotentes. Atribulados estos padres nos hablan de niños o niñas, con uno o dos hermanos, la mayor parte de las veces, que hacen muy difícil su educación y la convivencia familiar.
“No nos hace ningún caso…”, “Se nos enfrenta, nos pega…”, “Los castigos es como si no le afectaran”…
Son afirmaciones de padres desconcertados, que parecen haberlo probado todo pero que, aparentemente, nada les funciona y, por eso, demandan la intervención de los especialistas.
Habitualmente, estas situaciones suelen ser el producto de la confluencia de varios factores que se van conjugando hasta que llega un momento en el que se produce una inversión de roles, los adultos dejan de ocupar el espacio que les corresponde y los niños se adueñan de dicho espacio, evidentemente sin la madurez ni las condiciones para ello.
Cuando abordamos la problemática conjuntamente con las familias seguimos escuchando afirmaciones del tipo:
“Nosotros hemos tratado de la misma forma a todos nuestros hijos…”
“A todos nuestros hijos les hemos dado la misma educación…”
Aunque los padres tengan la sensación, y el deseo expreso, de estar educando por igual a todos sus hijos esto nunca es así. Cada niño llega a la familia en un momento diferente de la historia de esta familia, de la historia de los padres y de la de sus hermanos. Por ello la manera de cuidar, de entender, de calmar y de estimular a cada hijo también es muy distinta aunque los padres sean los mismos.
Además cada hijo, a pesar de compartir una dotación genética, manifiesta un tipo de temperamento diferente. Hay niños más tranquilos, más fáciles de calmar, más claros en apariencia, en cambio otros son más difíciles de entender, de tranquilizar, de contentar, se obstinan en lograr lo que quieren y no paran en sus demandas hasta conseguirlas.
Por tanto, cada niño, dependiendo del momento en el que llega a la familia y de su forma de ser y de reaccionar, va a recibir de sus padres unos mensajes concretos en forma de cercanía o distanciamiento, de ternura o frialdad, de paciencia o impaciencia, de satisfacción o irritación y, sobre todo, de comprensión, de entendimiento o de incomprensión e inseguridad… que se van a traducir en unas sensaciones sobre su propia persona diversas y determinantes.
A su vez los padres ante cada uno de sus hijos, en función de sus manifestaciones y reacciones, se van a sentir más o menos competentes y útiles, mejores o peores padres.
A estos factores también hay que unir la asociación que los padres (y también los familiares y amigos) establecen entre la forma de ser de sus hijos y la de determinados parientes de uno u otro cónyuge con las consiguientes valoraciones que se tienen de esos familiares. Quién no ha escuchado o dicho afirmaciones como:
“Es tan cabezota como tu padre…”
“En lo inteligente es igual que mi hermano…”
“En eso sale a tu familia…”
Por la razón que sea, ante determinado tipo de temperamento o carácter ciertos padres dejan de llevar a la práctica las pautas educativas que han utilizado con sus otros hijos. Es posible que con esas prácticas no estén obteniendo los resultados a los que estaban acostumbrados, o que, a todas luces, se muestren insuficientes en la relación con un hijo en concreto.
Lo cierto, por observable, es que ese hijo diferente, especial comienza a adoptar una conducta que no se ajusta a las esperanzas ni a los deseos de sus padres. La reacción, en la mayoría de los casos, termina siendo, después de múltiples intentos, de abandono e impotencia.
“Nada de lo que utilizamos con él nos sirve…”
“Siempre termina saliéndose con la suya…”
“En los momentos más inoportunos es cuando nos monta el escándalo, cuando estamos en público, cuando sabe que no le podemos hacer nada…”
“Se empeña en pedir un juguete y cuando lo consigue ya no le hace ni caso y se le antoja otro…”
“Nos insulta, los castigos parecen no importarle. No sabemos qué hacer con él. Es más fuerte que nosotros…”
Llegados a esta situación se produce en la educación del niño o de la niña una evidente falta de contención por un lado y de autoridad y límites por otro produciéndose un cambio de los papeles familiares y una inversión de los roles que cada miembro de la familia debe desempeñar.
El enfoque sistémico en terapia familiar intenta descargar de culpabilidad al miembro en el que se sitúa el problema, en el caso que nos ocupa, el niño sin límites, mal educado o soberbio, y de desplazar la responsabilidad, tanto de los problemas como de su solución, a todos los miembros de la familia.
Cuando los padres acuden a la consulta, en primer lugar se realiza una labor de escucha que al mismo tiempo que facilita su desahogo, la sensación de sentirse comprendidos, nos permite captar la percepción que tienen sobre la naturaleza del problema que les preocupa,
En las sesiones iniciales necesitamos conocer la carga emocional, tanto positiva como negativa, acumulada en la convivencia familiar, los argumentos racionales con los que los padres tratan de controlar la relación que mantienen con el hijo objeto de sus preocupaciones, los mitos familiares con los que funcionan…en suma, tratamos de captar la cultura familiar desde la que actúan y se desenvuelven.
A partir de esta escucha y de las consiguientes hipótesis que formulamos y que exponemos a los padres, iniciamos un tratamiento que sigue el proceso que se resume a continuación.
1) En primer lugar tratamos de restablecer nítidamente los subsistemas que deben funcionar en toda unidad familiar.
El subsistema parental en el cual tanto el padre como la madre deben desempeñar con claridad sus roles como adultos y como padres. Conocer los propios recursos y aprender otros nuevos para reconducir la relación que mantienen con el niño.
El subsistema fraterno en el cual los hermanos deben ser capaces de relacionarse entre ellos, horizontalmente, con los padres en su conjunto y también de forma individual, con la madre y con el padre.
Se busca que cada hijo reciba una atención personal por parte de los padres, que se potencie la diferenciación y el consiguiente desarrollo de la identidad personal. Cada hermano precisa sentir, en determinados momentos, que son exclusivos y que son tenidos en cuenta por sus padres de una forma particular y diferenciada, en función de sus características y de sus necesidades personales.
Hay familias en las que también es preciso resituar el papel que han adoptado los abuelos u otros familiares cercanos de manera que su actuación sea una colaboración en lugar de mantener la problemática que abordamos.
2) El segundo aspecto sobre el que trabajamos es la consecución de los acuerdos educativos que deben dotar al funcionamiento familiar de coherencia y claridad.
La actuación de los padres debe estar basada en unos principios fáciles de exponer y debe tener una estabilidad que haga que los niños se sientan seguros y sepan en todo momento las consecuencias que van a tener sus conductas.
Para ello es preciso revisar los estilos educativos de ambos padres con el fin de establecer las pautas comunes de actuación educativa que hagan que la convivencia familiar se establezca en unos términos que favorezcan la convivencia distinguiendo los objetivos que se consideran fundamentales de aquellos más accesorios y que por lo tanto no deben consumir la energía de los adultos en exceso.
Junto con este trato personalizado los hermanos también deben aprender el valor de la renuncia en aras de la necesaria convivencia con los demás miembros de cada familia.
3) En tercer lugar tratamos de ayudar a los padres a entender el temperamento del hijo por el que sienten preocupación, sus motivos y sus causas.
Es frecuente que el niño que los padres viven como difícil, junto con un carácter inquieto, curioso e impulsivo, sea también el que más se parece a uno de los dos padres sobre todo en los aspectos que son vividos por el progenitor como defectos de su persona que no le gustan pero que no puede cambiar.
En otras ocasiones el hijo percibido como problema es aquel que contradice o que no se ajusta a los mitos que toda familia mantiene de forma tácita, que no se ajusta a la cultura de funcionamiento familiar, a sus expectativas, al estilo de vida que consideran el más apropiado.
Se produzca una u otra circunstancia es preciso que tanto padres como también el resto de los hermanos (en función del grado de madurez que tengan estos últimos) realicen una labor para modificar la comunicación que han ido estableciendo con el niño considerado como problemático.
Es un proceso lento en el cual los padres deben aprender, en muchas ocasiones, un lenguaje y un esquema de valores y principios diferentes a los que ya tenían como propios y adecuados. Deben aprender a apreciar cualidades en sus hijos hasta entonces consideradas como negativas, la inquietud puede traducirse en curiosidad, la obstinación puede ser considerada fuerza de voluntad, el afán de protagonismo puede ser también un deseo constante de colaboración… Se trata de modificar la idea que la familia tiene del miembro que preocupa y al mismo tiempo que este niño modifique la imagen que tiene de sí mismo.
4) A medida que se trabajan los puntos anteriores los padres deben ir ayudando a su hijo a desarrollar tolerancia a la frustración. Es muy importante que los niños aprendan a diferir la obtención de sus deseos e incluso a saber renunciar en determinadas ocasiones sin convertir este hecho en drama.
La capacidad de espera, la no obtención inmediata de que aquello que se pretende son elementos de maduración imprescindibles pero que llevan aparejados unas situaciones de conflictividad que no todos los padres son capaces de soportar con la tranquilidad y convicción suficientes. Cuando los niños advierten debilidad en sus padres, primeras figuras de autoridad, pueden llegar a convertirse en pequeños tiranos sin la resistencia suficiente como para emplear sus esfuerzos en el aprendizaje y con una limitada capacidad para establecer relaciones con los compañeros de igual a igual.
Cuando la familia se implica en un proceso de trabajo para identificar los aspectos que no funcionan y poner en práctica soluciones adecuadas todo el sistema que forman se reformula y se entra en un período beneficioso de reflexión, diálogo y revisión que trae como consecuencia, cuando se pone voluntad en aplicar lo que en la consulta se establece, la mejora de la comunicación, la puesta en práctica de pautas de convivencia más sanas, en definitiva, con más o menos esfuerzo, se logra que cada uno de los miembros perciba la importancia de su colaboración y se sienta más tenido en cuenta y más respetado en su individualidad.
Es frecuente que aquel al que denominamos paciente designado deje de preocupar, al menos de forma exclusiva y que modificando ciertas ideas, actitudes, y prácticas, se consiga una sensación de mejora que repercuta en todos los miembros de la familia que acude a las sesiones. En ocasiones podemos decir que ésta es la contribución que el niño o la niña problemáticos realiza para la mejora de todos los miembros de su familia. Si quieres realizar cualquier consulta a nuestros especialistas envía un mail a eutres@ya.com Eutrés Doctor Esquerdo, 112 Telf.: 91 552 12 22 |